Comer por placer (hedonic hunger)

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¿Cómo los alimentos con azúcar y la grasa manipulan al cerebro para que comas más aunque no tengas hambre?

La comida basura puede confundir el mecanismo de control de la saciedad del cerebro, estimulándonos a comer más. Comer por placer, en lugar de para alimentarnos y sobrevivir, no es nada nuevo. Pero solo en los últimos años los investigadores han llegado a comprender cómo ciertos alimentos, particularmente las grasas y los dulces, cambian la química del cerebro de una manera que hace que algunas personas coman en exceso.

Los científicos tienen un nombre relativamente nuevo para esta forma de comer: hambre hedónica, que en español es comer por placer. Consiste en un poderoso deseo de comer, aunque no tengas ninguna necesidad física. Es un anhelo de comer que experimentamos cuando nuestro estómago está lleno, pero nuestro cerebro todavía se siente voraz.

Un número creciente de expertos afirma que el hambre hedónica puede ser uno de los principales factores del aumento de los niveles de obesidad en los países desarrollados de todo el mundo, donde los postres deliciosos y la comida basura son baratos y abundantes.

Anatomía de apetito

Tradicionalmente, los investigadores de la regulación del hambre y el peso se han centrado en el hambre metabólica o homeostática, que es impulsada por la necesidad fisiológica de comer y se identifica habitualmente con los jugos gástricos o el estómago vacío.

Cuando nuestras reservas de energía empiezan a disminuir en el transcurso del día o cuando nuestro peso está por debajo de nuestro peso natural, una red compleja de hormonas y vías neuronales en el cerebro aumenta nuestra sensación de hambre. Cuando comemos hasta la saciedad o ganamos kilos de más, el mismo sistema hormonal y los circuitos cerebrales tienden a eliminar la sensación apetito.

En la década de 1980, los científicos habían descubierto las principales hormonas y conexiones neuronales responsables del hambre metabólica. Descubrieron que está regulada en gran medida por el hipotálamo, una región del cerebro que contiene células nerviosas que desencadenan la sensación de hambre y saciedad, y son muy sensibles a un conjunto de hormonas.

Al igual que sucede con otros mecanismos biológicos, estas señales químicas forman una red entrelazada de controles y equilibrios. Cada vez que una persona come más de lo que necesita, de inmediato, una parte del exceso de energía se almacena en las células grasas que se encuentran en todo el cuerpo. Una vez que estas células comienzan a crecer, comienzan a producir niveles más altos de una hormona llamada leptina, que viaja a través de la sangre hasta el cerebro, diciéndole al hipotálamo que envíe otra descarga de hormonas que reducen el apetito y aumentan la actividad celular para quemar de las calorías extra, devolviendo todo a su equilibrio.

Image of very hungry businesswoman with sandwich looking at camera outside

Del mismo modo, cada vez que las células del estómago y del intestino detectan la presencia de alimentos, segregan diversas hormonas, como la colecistoquinina y el péptido YY, que inhiben la sensación de hambre. Por otra parte, la grelina, una hormona liberada por el estómago cuando está vacío y los niveles de glucosa en la sangre son bajos, tiene el efecto opuesto sobre el hipotálamo, estimulando la sensación de hambre.

Sin embargo, a finales de la década de 1990, los estudios de imágenes cerebrales y los experimentos con roedores comenzaron a revelar una segunda vía biológica, una que subyace en el proceso de comer por placer. Muchas de las hormonas que operan en el hambre metabólica o física, parecen estar involucradas en esta segunda vía, pero el resultado final es la activación de una región cerebral completamente diferente, conocida como circuito de recompensa. Este intrincado conjunto de redes neuronales se ha estudiado principalmente en el contexto de las drogas adictivas y, más recientemente, de las conductas compulsivas como el juego patológico.

Resulta que los alimentos extremadamente dulces o grasosos y que los combinan ambos especialmente, cautivan el circuito de recompensa del cerebro de la misma manera que lo hacen la cocaína y el juego. Durante gran parte de nuestro pasado evolutivo, tales alimentos ricos en calorías fueron escasos.

En aquel entonces, comer dulces y grasas cuando estaban disponibles era una cuestión de supervivencia.

En la sociedad contemporánea, repleta de comida barata y alta en calorías, esto nos perjudica.

Durante la mayor parte de nuestra historia, el desafío para los seres humanos fue comer lo suficiente para evitar el hambre, pero para muchos de nosotros el mundo moderno ha reemplazado eso con un desafío muy diferente, evitar comer más de lo que necesitamos, y así no engordar.

Los investigadores han demostrado que el cerebro comienza a responder a los alimentos grasos y azucarados incluso antes de que entren en nuestra boca.

La simple visión de un alimento deseable excita el circuito de recompensa.

Tan pronto como un bocado toca la lengua, las papilas gustativas envían señales a varias regiones del cerebro, que a su vez responden segregando la dopamina. El resultado es una  sensación placentera.

Con frecuencia, comer en exceso alimentos altamente apetecibles satura al cerebro con tanta dopamina que finalmente este se adapta al desensibilizarse, reduciendo la cantidad de receptores celulares que reconocen y responden a los neuroquímicos. En consecuencia, los cerebros de las personas que comen en exceso piden mucho más azúcar y grasa para alcanzar el mismo umbral de placer que una vez experimentaron con cantidades más pequeñas de esos alimentos. Estas personas pueden, de hecho, seguir comiendo en exceso como una forma de reproducir o incluso mantener una sensación de bienestar.

La evidencia científica indica que algunas hormonas del hambre que generalmente actúan sobre el hipotálamo, también influyen en el circuito de recompensa. En una serie de estudios entre 2007 y 2011, investigadores de la Universidad de Gotemburgo en Suecia demostraron que la liberación de grelina (la hormona del hambre) por el estómago, aumenta directamente la liberación de dopamina en el circuito de recompensa del cerebro.

En condiciones normales, la leptina y la insulina, que se vuelven abundantes una vez que se consumen calorías adicionales, suprimen la liberación de dopamina y reducen la sensación de placer a medida que continúa la comida. Pero estudios recientes sobre roedores sugieren que el cerebro deja de responder a estas hormonas a medida que aumenta la cantidad de tejido graso en el cuerpo. Por lo tanto, comer continuamente mantiene al cerebro inundado de dopamina, incluso cuando el umbral del placer sigue aumentando.

Esto es especialmente importante debido a la gran cantidad de alimentos que combinan grasas y azúcar.

Aunque esto no afecta a todas las personas masivamente, si que hay un sector de la población que es más propensa a este tipo de comida. Y ésta  puede ser la razón de que coman compulsivamente sin tener hambre para sentir la sensación de placer producida por la dopamina en el cerebro.

SOBRE EL AUTOR:

Luis Navarro

Me formé en Estados Unidos, donde residí 8 años. Soy terapeuta por la University of Santa Mónica (California) Hipnoterapeuta Clínico y Master en Hipnosis, coach co-activo por CTI y experto en emociones. Ayudo a mis clientes a dejar de fumar, adelgazar y a procesar las emociones.


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